Un cuento de Navidad

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Dedicado a todos los desaparecidos y a sus familiares
autor: tenejapanboy

Se levantó y miró en torno suyo, estaba en un paraje desconocido, no sabía cómo había llegado ahí, la noche era fría, pero él no sentía el frio, de hecho no sentía nada, se vio desnudo, y eso no le causó ninguna incomodidad, no sabía desde que horas estaba en ese lugar, el cual se veía apartado de todo rastro de civilización, era, seguramente, un bosque o un parque por el arbolado, por las hojas de los árboles esparcidas por el  suelo de tierra y por los manchones de pasto por aquí y por allá. En un principio pensó que se encontraba sólo, pero al poco tiempo de haber despertado de su inconciencia, escuchó a lo lejos un rumor de voces y movimiento, a lo lejos se oía claramente un ajetrear de gente trabajando, o al menos eso parecía por el sonido tan característico del arrastrar de la pala al profanar la tierra, si, ese sonido rastrero y dolorido que hace la interacción de la pala con la tierra al ser esta última violentamente profanada.
A pesar de que ya habían pasado varios minutos desde que recobró el conocimiento, él aun se sentía completamente desorientado. No sabía qué le había pasado y no sabía que hacer, ni a dónde ir. Mientras trataba de ordenar sus pensamientos, él escuchó disparos a lo lejos, eso lo inquieto y le obligó a mirar en todas direcciones y fue en ese preciso instante que él se reconoció de pie sobre un montón de tierra recientemente removida y amontonada bruscamente. Al momento, la necesidad de moverse se hizo presente y sin pensarlo más enfiló hacia lo que en ese momento era su frente; no tenía idea hacia dónde se dirigía, pero no le importó, tenía la necesidad de irse de ese lugar que le causaba tanta inquietud, aunque por un rato dudó, pues, aunque parezca raro, por una parte quería permanecer ahí, y por otra, trataba de alejarse de ese sitio lo más rápido posible.
Tenía una semana de desaparecido, sus padres ya habían dado parte a las autoridades, las cuales dieron poca importancia al asunto, era uno más de las decenas de denuncias que se recibían por supuestas desapariciones y además, era la desaparición de alguien no importante. En este caso se trataba de un estudiante más que se había ido de casa, un caso sin importancia como otros tantos que se denunciaban a diario, ahora, de nueva cuenta era un estudiante que tal vez anduviera de farra con los amigos y luego aparecería como si nada, uno más, como tantos a los que los familiares les perdían el rastro y hacian un escándalo. Hoy era un estudiante, pero también podría haber sido un padre de familia que había huido de los compromisos familiares para correr tras unas faldas o que, ante la miseria tan cabrona que se vivía en el país, se había ido a probar suerte del otro lado de la frontera y no quiso informar a la familia por x o z razones. Lo anterior  era la norma en el caso de los hombres, pero si la desaparecida era mujer, no había de otra, se había ido con el galán en turno. En todos los casos de supuestas desapariciones, nada  exigía una investigación policial; además, existía el conflicto económico, es decir, los familiares no tenía dinero para “fomentar” el interés del MP o de los agentes, o sea, como se dice en el argot policiaco, había que ponerle dinero al asunto para lubricar el ejercicio de la ley, si no, ni le movían. Por lo tanto, como el caso era uno de tantos, la denuncia fue a parar a una caja de huevo marca “Campanario”, donde se amontonaban decenas de expedientes que nunca tendrían una solución y terminarían, en una fosa oficial llamada archivo muerto.

Andaba rápidamente entre los árboles (ayudado por la luz de una hermosa luna llena que alumbraba su abrupto camino), sorteando ramas tiradas, piedras y hoyos . Una vez que inició su andar, su necesidad de alejarse se incrementó, un impulso desenfrenado lo obligaba a ir a donde se encontraba su familia, ver a sus padres, a sus amigos y a sus compañeros de escuela, no sabía ni por donde andaba, pero algo inexplicable lo llevaba casi de la mano en ese paraje, donde, al ser el paisaje tan igual, parecía como si sólo estuviera dando vueltas en el mismo lugar y deambulara indefinidamente perdido.
En su andar, se topó con otras personas, que al igual que él, iban desnudos y procuraban, lo mismo que él, no toparse o intercambiar saludos o miradas con quienes a cada rato se les atravesaban en el camino, pero, a pesar de las precauciones, aunado a la cantidad de gente que deambulaba por ese lugar, terminó al fin chocando de frente con otro desnudo, que al igual que él, también andaba por ahí sin saber cómo, ni entender cuándo había llegado, y mucho menos cómo podría salir de ahí. Al encontrase ambos se miraron de pies a cabeza y no atinaron a decirse una palabra, hasta que él preguntó ¿Cómo llegaste aquí? ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Qué te pasó? Un largo e infructuoso interrogatorio que fue respondido a medias, pues su interrogado estaba en las mismas, con más dudas que respuestas. Para empezar, respondió que no sabía a ciencia cierta quién era, recordaba algo; no sabía de dónde venía, pero empezaba a rememorar o a sentir que recordaba cosas, retazos de recuerdos; sabía que no era de ahí, se sabía extranjero en esta tierra, era migrante, iba a Estados Unidos y ahora no sabía dónde estaba, no recordaba nada más, no sabía cómo se llamaba, ni de dónde venía, pero algo lo hacía caminar con un rumbo desconocido, con la sensación de que iba por buen camino ¿A dónde? No lo sabía. Ahi terminó la conversación y después de permanecer un buen rato en silencio, sin poder decir más, se separaron sin decirse sus nombres (pues ni ellos mismos los recordaban), se separaron sin decirse adiós, con la certeza de que vivían una tragedia similar.
La búsqueda fue infructuosa, nada sabían de su hijo, sólo tenían la certeza de que había sido levantado por gente que, aun cuando no vestían ningún uniforme, todos identificaban con policías o militares o federales o guardias particulares, o etcétera. No era el primero, muchos estudiantes, muchas mujeres, muchos activistas sociales, muchos chavos que usaban el internet para denunciar abusos, muchos migrantes y muchos defensores de derechos humanos habían desaparecido y las autoridades hacían oídos sordos o cerraban los ojos ante la evidencia. Miles eran los desaparecidos y el gobierno minimizaba el hecho y en eso era apoyado por los conductores de televisión y por los periódicos; por las revistas y por los programas de radio progubernamentales.
Ellos no eran los únicos padres que buscaban a sus hijos y no eran los únicos que cada día recibían la bofetada de la indiferencia y desprecio gubernamental ante su dolor. Y aunque la búsqueda era infructuosa y las decepciones constantes, ninguno de los dos pensó en abandonar la búsqueda de su único hijo. Y a pesar del dolor y de la incertidumbre que los hacía por momentos flaquear, ni ella, ni él, se dieron el beneficio del desahogo de soltar una sola lágrima, pues la certeza de que encontrarían con bien a su hijo fortalecía su fe y alentaba su deseo de luchar por encontrarlo y por ayudar, en lo que se pudiera, a otras personas que en su misma situación buscaban a sus familiares y amigos desaparecidos en todo el país.

Estaba perdido,  de eso no tenía duda, todo el entorno eran árboles, árboles y más árboles y parecía que no encontraría la forma de escapar de ese infierno verde. En este buscar salir del bosque, encontró a más gente desnuda con la que pudo entablar comunicación, ya que, después de su primera platica con uno de los perdidos en ese bosque, ahora eran más fácil para él acercarse a conversar con otros que también, como él, vagaban; encontró mujeres jóvenes que al igual que él también iban desnudas y no sabían que había pasado, pero que tenían pequeños recuerdos donde el miedo y la incertidumbre eran parte de su pasado más próximo y eran esos hilachos de recuerdos llenos de terror inexplicable los que hacían que en ellas creciera el deseo incontenible de huir del lugar donde habían recobrado la conciencia. Él, también encontró hombres desnudos que en ese lugar buscaban a sus parientes. Ellos le platicaban que antes de perder la memoria iba con sus hijos y esposa hacia a un lugar y después ya no recordaba nada. Todos con los que se llegó a topar, sin excepción, huían de algo, algo que les causaba un miedo terrible, pero que no podían explicar. La mayoría se sabían pertenecientes a una familia, a un grupo de amigos y el dolor de la separación era patente y la angustia de no saber de ellos era tortuosa y la necesidad de salir de ahí y encontrar a sus familiares y amigos era inmensa, tanto como la urgencia de recobrar la memoria de lo que les había pasado.
Después de que las autoridades los ignoraran, empezaron a ser orientados por organizaciones civiles de Derechos Humanos. La Comisión de los Derechos Humanos gubernamental no les ayudó en mucho, esa institución se había ido convirtiendo en una pantalla, poco hacía, sólo se dedicaba a emitir comunicados y una que otra recomendación a las autoridades; recomendaciones que eran ignoradas sistemáticamente. Es así que empezaron a asistir a marchas, mítines y juntas, iban a donde fuera con tal de recibir apoyo y orientación para encontrar su hijo, la esperanza estaba en que lo encontrarían y volverían a tenerlo en casa.

Por fin una carretera, luces, casas, algo por donde andar más de prisa, ahora con un destino claro, con la idea de llegar a casa, pués conforme se alejaba del lugar lleno de árboles,  la mente empezaba a despejarse y traía más y más recuerdos, aunque esos recuerdos no eran precisamente recientes; eran más bien de esos recuerdos donde uno sonríe al verse niño jugando con hermanos y amigos, de esos recuerdos que hacen que lata el corazón con fuerza al verse en el comedor familiar festejando cumpleaños, fiestas patrias y navidades; esos eran los recuerdos que ahora le llegaban a él, esos recueros lo hacían feliz, pero esa felicidad era momentanea, y crecía en él la necesidad de recordar su pasado reciente… pero ese pasado se le negaba, aunque, poco a poco iba revelándose en flashbacks dolorosos.
El lugar al que había llegado le era conocido, aunque no atinaba a saber por qué. Era de noche y a esas horas todo estaba desierto, la desolación era patente, nadie en las calles, aunque, por otro lado, la mayoría de las luces de las casas estaban encendidas y se advertía en algunas de ellas luces multicolores que cintilaban en las ventanas y se escuchaba una cierta algarabía en el interior de las mismas. Todo concordaba, era invierno, era temporada navideña y la gente festejaba. En ese momento, una iglesia que no podía ver, tocaba con un tono lastimero más que festivo, las doce campanadas de rigor. No había duda, esa noche, era Noche Buena.
“Lo peor que nos puede pasar en estos casos es la desmemoria, no debemos desistir de buscar a nuestros desaparecidos, no debemos dejar que la desmemoria nos gane la batalla, todos y cada uno de nosotros debemos seguir con la exigencia de que ¡Vivos se los llevaron y vivos los queremos! Al gobierno le conviene el olvido, no le regalemos nuestra desmemoria…” estas palabras, dichas por un padre de familia (en una conferencia de prensa a la que los medios oficiales nunca darían cobertura), quien como muchos otros tambien buscaba a su hija desaparecida, dieron nuevo ánimo a los padres del estudiante desaparecido hacía muchos meses. Ya eran mucho tiempo de dar vueltas, de esperar buenas noticias, de esperar verlo aparecer en la puerta de la casa, de esperar verlo bueno y sano y con esa sonrisa tan franca con que su hijo les regalaba al verlos cuando llegaba del internado después de muchos meses de ausencia y a pesar de los nulos resultados la esperanza de encontrarlo no disminuía. Muchos de los que buscaban a algunos de los miles de desaparecios, con el tiempo habían abandonado la lucha y es que no todos lograban soportar la frustración de no ver avances en la busqueda de sus seres queridos. Una cosa era cierta, todas las personas que buscaban a uno de sus parientes o amigos desaparecidos,  en algún momento  habían pasado por el desánimo y el dolor de no lograr nada en relación con sus desaparecidos y eso, muchas veces, los empujaba a pensar en  desistir; pero el amor y el deseo de encontrar a su pariente o amigo, eran más fuertes y al escuchar la palabra dolorida de otra persona que padecía la misma pena, renovaban sus energías para continuar con la búsqueda.

De repente él recordó donde estaba y lo que era mejor, recordaba exactamente la dirección de la casa de sus padres, ahora sabía cómo y por dónde ir. Aún estaba lejos de la casa paterna, pero ya había recorrido un buen tramo desde donde recobró la conciencia y lo que faltaba era menos. Enfiló hacia la casa de sus padres con el ánimo en alto y la certeza de que su llegada sería el mejor regalo que les podría dar a sus padres, pues él, como hijo único era a la única persona que podrían estar esperando en una fecha tan significativa como esta.

De última hora habían decidido quedarse en la ciudad y no regresar al pueblo a festejar la Navidad, regresar en esas condiciones a casa sólo les traería pesar y más dolor por no tener con ellos a su hijo y también implicaba desplazarse y volver para continuar con la búsqueda y ahora el dinero empezaba a ser un problema. Por ello es que habían aceptado la invitación a pasar la Noche Buena en el local de una asociación civil que les brindaba apoyo y asesoría en su búsqueda. Ahí habría un pequeño convivio, no una fiesta, la invitación era a compartir un momento de reflexión en torno a la situación del país y disfrutar de una cena sencilla, pero hecha con mucho cariño. Además, para ellos, cuyo único familiar cercano era su hijo desaparecido, la compañía, en esta fecha tan significativa, con otras personas que compartían sinceramente su dolor, haría que no se sintieran tan solos.

Por fin, después de mucho andar, él llegó a la casa paterna, le extraño verla sin ni una luz, le llamó la atención no verla adornada, no adivinar en la ventana de la sala el juego de las luces del arbolito de Navidad encendiendo y apagándose. Pensó que algo le podría haber pasado a su padre, enfermo desde hace tiempo o que a su madre había recaído de uno de sus múltiples achaques y para no preocuparlo no se lo habían comunicado. Cauteloso, se acercó a la ventana de la casa y para su decepción no vio nada que diera cuenta de que al menos había alguien dentro. Ningún adorno, ninguna señal del nacimiento, nada del árbol de Navidad, nada y de repente sintió frio, un frio no físico, un frio de ausencia, de desolación, un frio que escaló toda su espalda y con el frio llegó la certeza de lo que había pasado, en ese preciso momento se iluminó su mente y se congestionó de recuerdos, ahora empezaba a comprender el porqué de su desnudez y el porqué de no sentir frio, ahora caía en cuenta del porqué había recuperado la conciencia en ese desolado bosque lleno de gente desnuda, ahora entendía el porqué de que sus parientes no lo estuvieran esperando; hasta ese momento, hasta ahora comprendía que su trayecto no había durado horas, sino semanas, meses dando vueltas y vueltas en ese lugar lleno de árboles. Hasta ahora entendía el porqué de las paladas y los balazos a lo lejos, ahora sabía que había pasado a los otros desnudos que como él vagaban sin rumbo fijo por el bosque ese dando vueltas y más vueltas sin saber la razón. En ese momento comprendió la desmemoria y a la vez en ese preciso momento todo llegó a su mente en un torrente de sorpresa, dolor y coraje, en ese momento, ahí parado ante la ventana de la casa paterna comprendió todo y supo que él, para su familia, había desaparecido definitivamente y que junto con él miles de personas en este país sufrían del mismo dolor y coraje; entonces se estremeció, no quería doblarse, aguantó el grito que luchaba por salir de su garganta pero se contuvo, no deseaba dar lugar al dolor, no quería rendirsé ante la dura realidad y aun así, conteniendo su coraje , sintió como una lágrima empezaba a rodar por su rostro.
A cientos de kilómetros de distancia, en un local de una asociación civil, ella sintió un dolor en el corazón, no dijo nada a su esposo, dejó que él siguiera sumido en sus pensamientos, que siguiera sumido en su silencio, en ese silencio que era cada día más reacio a romperse, en ese silencio que no dejaba brotar un dolor , en ese silencio que era coraje y frustración, en ese silencio profundo que lo iba carcomiendo poco a poco por dentro. A lo lejos ella sintió la soledad de su hijo e intuyó lo que le había pasado, miró el nacimiento donde ya aparecía recostado el niño Dios, lo miró sin sentir nada, de un momento a otro se había quedado vacía de sentimientos, suspiró al recordar que la Navidad siempre había sido una celebración y ahora ya no lo era. Mientras a lo lejos escuchaba los “Feliz Navidad”, ella apartó la vista del nacimiento y en silencio se levantó de donde estaba y fue hacia una de las ventanas del local para ver el cielo estrellado, en ese momento se le nubló la vista y acto seguido con el dorso de la mano secó un lágrima (que había escapado de uno de sus ojos y lentamente rodaba por su impávido rostro), mientras juraba, como lo han hecho miles de madres y padres en este país, que pasara lo que pasara, no dejaría de buscar a su hijo.
.JBTC

@tenejapanboy

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comentarios
  1. Bibi Baloo dice:

    Por desgracia, este no es un cuento de navidad,.. sino la cruda realidad, a la que estamos expuestos todos, por el sólo hecho de ser Mexicanos., No, nos queda nada, solo entre nosotros mismos ayudarnos y defendernos y estar unidos, solo así podemos combatir a este narco -gobierno.

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